Polarización social: échale la culpa

El debate de la actualidad está totalmente polarizado y centrado en temas estridentes que poco pueden aportar a efectos prácticos a nuestra sociedad. Son discusiones de patio de colegio, un infantilismo que han encumbrado y oficializado en el mismísimo congreso de los diputados, donde podemos ver como señores trajeados y con caras serias ironizan, vacilan e insultan en lugar de buscar soluciones a los problemas que nos afectan a todos como personas de este país.
En el presente, el juego favorito de los congresistas es el de conseguir el mejor “zasca” que será el más comentado en Twitter. Todo vale para tumbar al oponente; tacharlo de facha, de comunista, de machista, de feminazi, terrorista…
Unos siguen dando la turra con la guerra civil y otros con el terrorismo. Vivimos en el siglo pasado sin dejar descansar a nuestros muertos y haciendo política con su sangre. Dejen las discusiones histriónicas que buscan el enfrentamiento y la división social para buscar votos en la inmundicia apelando a los instintos más bajos del ser humano y pensemos en la vida de los que están y los que vienen, porque el futuro no está en el enfrentamiento entre iguales, está en enfrentar a los problemas que nos afectan a la grandísima mayoría.
Harto de discusiones trilladas, repetidas hasta la saciedad, alienantes, del tipo quién es más feminista o quién es más duro con los delincuentes y el terrorismo. ¿Y las cosas que sí influyen directamente sobre nuestras vidas; sanidad pública, educación pública, pensiones, desempleo generalizado, la desigualdad económica que acarrea a su vez una desigualdad de oportunidades?, ¿qué hay de todo eso?
En estos temas de vital importancia, estoy convencido de que, incluso, acérrimos enemigos y votantes enfrentados llegarían gustosos a importantes acuerdos. Evidentemente, no me refiero a los políticos que tienen que servir a los objetivos, diversos y diferentes, de sus dueños, me refiero al votante, al currante, al ciudadano de a pie.
Todo lo demás; fuegos de artificio para distraer y nublar el entendimiento, bien dirigidos por la clase política y los medios de comunicación, todos ellos subordinados al poder económico.
El objetivo del “Poderoso Caballero” es esconder las verdaderas carencias del sistema con elaborados malabares mediáticos y, cuando la cosa se pone fea, culpar siempre al adversario, al oponente, al enemigo, que será siempre el culpable de todas nuestras frustraciones y padecimientos.
Los grupos mediáticos, bien organizados en facciones supuestamente enfrentadas, se encargarán de reafirmar esta inquina hacia el oponente, retroalimentan el odio, nos dicen que tenemos que pensar para ser un auténtico parroquiano de tal o cual tendencia política. A base de idiotizar y radicalizar el país con mensajes incendiarios, están engendrando hooligans emocionales carentes de raciocinio, están animalizando a las personas para que respondan a estímulos simples y viscerales, mensajes que llegan a todos los hogares a través de la “caja lista” para predisponer el corazón de la gente en contra de sus iguales, sus vecinos, sus hermanos.
La sociedad ya está partida en dos, alguien dijo “divide y vencerás”. Y es que, tal vez, hace mucho que hayan vencido… Al fin y al cabo, en este encarnizado enfrentamiento fratricida, el único vencedor será el de siempre: nuestro codiciado amigo Don Dinero.

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Polvo en el viento

Vivimos en una mota de polvo que flota a la deriva en una inabarcable inmensidad. Ocupamos un minúsculo espacio en este gigantesco universo de colosos en llamas, ni siquiera somos capaces de imaginar los confines de nuestra realidad, porque ¿cómo podríamos llegar a vislumbrar lo que está más allá de lo más lejano? Por mucho que hayamos puesto a trabajar nuestra imaginación, lo único que hemos podido construir en nuestras cabezas pensantes son una serie de creencias supersticiosas que no tienen ningún fundamento científico, siendo la religión el máximo representante de este desvarío.

Nuestra existencia encierra tantos misterios como estrellas puede haber en el firmamento. Nos encontramos en los albores del conocimiento científico. Somos un recién nacido que mira a su alrededor extrañado y confundido, a veces, cabreado porque no entiende el significado de lo que nos rodea y el porqué de su existencia. Tenemos ante nosotros un largo camino, casi infinito, del cual no conocemos más que el principio, no sabemos a dónde nos llevará, muchas veces sentimos miedo, pero ese miedo, esa incertidumbre, no nos detiene y continuamos hacia adelante. Y digo hacia adelante, porque es la única dirección que nos permite tomar el tiempo y, todavía, no conocemos otra forma de andar este camino.

El tiempo; ese enigmático ente abstracto que tanto tiempo, valga la redundancia, llevamos intentando comprender, es a veces nuestro mejor aliado, pero también puede llegar a ser nuestra peor pesadilla. Hemos nacimos con fecha de caducidad y tenemos que aprovechar el tiempo que nos quiera dar nuestro sol para escapar de nuestro fatídico destino y demostrar que existe el libre albedrío.

Vamos descubriendo las reglas que rigen nuestro universo, no el intelectual, sino el físico, aunque, pensándolo bien, tampoco me atrevería a separarlos, ¿cómo saber si nuestra propia existencia y el supuesto libre albedrío que disfrutamos no es más que una ilusión y que toda nuestra experiencia vital responde a una fórmula física, que nuestro destino está determinado por una lógica matemática? Al fin y al cabo, estamos compuestos de los mismos minúsculos ladrillos que componen nuestro universo y respondemos a las mismas leyes físicas. Nuestros cuerpos son polvo de estrellas, nos fusionamos y explotamos, ardemos dentro de estrellas, nos congelamos en el vacío y viajamos millones de años luz por el espacio infinito, la gravedad nos aproximó en numerosas ocasiones, pero las reacciones nucleares nos volvieron a separar; y así, una y otra vez hasta que, por fin, la intrigante gravedad venció sobre el resto y terminamos uniéndonos en esta singular forma. Y heme aquí, hoy, divagando sobre nuestra propia existencia; el sentido de la vida. El universo nos ha ofrece una maravillosa oportunidad, una pausa en este ciclo infinito de fuegos artificiales para poder dilucidar de que va todo esto.

Somos una combinación de partículas ensambladas de forma tan particular y bella que ha dado como resultado a seres capaces de razonar sobre su propia existencia en este gigantesco océano de caos. Es la increíble toma de conciencia de la materia; partículas, que un buen día, se sorprenden a sí mismas reflexionando sobre su propia existencia. Una consciencia que está construida con los mismos materiales de que se compone el universo.

Hay mucho camino por andar, mucho que descubrir y con lo que disfrutar, maravillándonos con un recorrido que probablemente nunca terminará o que, quién sabe si tal vez, hayamos recorrido ya miles, millones de veces.

Ahora, cierra los ojos y en la oscuridad que te envuelve y en la que, todavía, se encuentra nuestro mundo, piensa en nuestro diminuto trozo de roca y en los miles de millones de personitas que la pueblan, cada una con sus problemas, con sus ilusiones, sus esperanzas; piensa en los miles de millones de soles, planetas como el nuestro, en los miles de millones de galaxias que pueblan el universo, un universo que no sabemos si será único. Abre los ojos, mira la inmensidad que nos envuelve y recuerda: somos polvo en el viento; un soplo de evanescente consciencia que ha emprendido un emocionante viaje a través del tiempo y el espacio, un polvo que contiene los ingredientes de una vida capaz de alumbrar los misterios más oscuros y mejor guardados.